Hipopótamos dividen a Doradal: entre el miedo, el afecto y una crisis ambiental
En el corazón del Magdalena Medio colombiano, la vida cotidiana se transformó en una convivencia tan insólita como peligrosa. En el corregimiento de Doradal, perteneciente a Puerto Triunfo, los hipopótamos dejaron de ser una rareza exótica para convertirse en protagonistas de una crisis ambiental que hoy divide a sus habitantes y al país.
Lo que comenzó hace más de cuatro décadas como un capricho del narcotráfico terminó convirtiéndose en una de las especies invasoras más problemáticas de Colombia. En la década de los 80, el extinto capo Pablo Escobar llevó los primeros ejemplares a la Hacienda Nápoles. Sin depredadores naturales y con condiciones ideales, estos animales se reprodujeron sin control. Hoy, se estima que su población ronda los 200 individuos y podría superar los 1.000 en menos de una década.
Convivir con el peligro
Para los habitantes de Doradal, la presencia de hipopótamos es una realidad cotidiana. En fincas, carreteras y hasta zonas urbanas, estos gigantes de hasta 900 kilos aparecen especialmente en las noches, generando temor e incertidumbre.
Germán Arturo Palacio, campesino de 73 años, ha sufrido directamente las consecuencias. En su finca, los animales han causado estragos: han destruido cercas, dañado infraestructura ganadera e incluso matado animales.
“Me da rabia cuando los veo. No puedo hacer nada. Me mató un carnero y una vaca, y destruye todo”, relata, describiendo encuentros nocturnos en los que debe ahuyentarlos con piedras, arriesgando su propia seguridad.

Los ataques no son hechos aislados. La naturaleza territorial y agresiva de los hipopótamos los convierte en una amenaza real para campesinos, pescadores y turistas. En varios casos, han perseguido personas e invadido espacios donde antes predominaba la tranquilidad rural.
Entre el cariño y la costumbre
Pero no todos los habitantes ven a los hipopótamos como un enemigo. Para algunos, estos animales se han integrado a la identidad local.
En zonas como los lagos cercanos a Doradal, tanto turistas como residentes se acercan a observarlos a pocos metros de distancia. La escena, aunque riesgosa, se ha normalizado.
Wilmar Camargo, trabajador local, recuerda haber visto a dos hipopótamos enfrentarse violentamente en plena noche. Sin embargo, lo narra con una mezcla de asombro y familiaridad, como quien describe un hecho cotidiano.
Más allá del miedo, hay historias de afecto. Angerson Ramírez, habitante de la zona, trabajó durante años en la Hacienda Nápoles, donde cuidaba a una hipopótama llamada Vanesa. Su vínculo con el animal marcó su percepción.
“Me encariñé. Era como un ternero cuando estaba pequeña, y la vi crecer”, cuenta. Para él, estos animales forman parte de la comunidad, una presencia que aprendieron a aceptar con el tiempo.
Un problema sin solución fácil
El crecimiento descontrolado de los hipopótamos ha obligado a las autoridades a tomar decisiones complejas. La Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de Colombia anunció recientemente un plan de choque que contempla la eutanasia como último recurso para controlar la población.
La medida ha generado un intenso debate ético y ambiental. Mientras algunos la consideran necesaria para evitar una crisis mayor, otros la rechazan por razones morales y de conservación animal.
Durante años, se han intentado alternativas como la esterilización y la translocación. Sin embargo, ambas presentan grandes limitaciones. Cada procedimiento de esterilización puede costar alrededor de 40 millones de pesos, además de requerir semanas o meses de preparación.
Por su parte, el traslado de ejemplares a otros países —como México, India o Sudáfrica— ha sido logísticamente complejo y costoso, con resultados limitados frente al rápido crecimiento de la especie.
La Cornare, entidad encargada de la gestión ambiental en la región, ha reconocido los desafíos. En ocho años, apenas ha logrado esterilizar 35 ejemplares, un número insuficiente frente a la magnitud del problema.
Un debate que trasciende lo local
La situación en Doradal refleja un dilema más amplio: cómo equilibrar la protección de la biodiversidad, la seguridad humana y el bienestar animal.
Los hipopótamos, aunque carismáticos, representan una amenaza para los ecosistemas locales. Su presencia altera el equilibrio natural, afecta la fauna nativa y pone en riesgo a las comunidades humanas.
Sin embargo, su historia en Colombia —ligada a un pasado violento y a la figura de Pablo Escobar— también los convierte en símbolos complejos, difíciles de abordar desde una sola perspectiva.
Mientras el Gobierno avanza con su plan, en Doradal la vida sigue entre la incertidumbre y la adaptación. Algunos los temen, otros los defienden, pero nadie puede ignorarlos.
La pregunta sigue abierta: ¿cómo resolver una crisis donde cada decisión implica consecuencias profundas? En esta tierra de hipopótamos, el futuro aún es incierto, y el debate está lejos de terminar.
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