Durante años fue una sombra en internet, un fantasma que ni el FBI podía atrapar.
Hoy, Vyacheslav Penchukov, conocido en el mundo del cibercrimen como “Tank”, cumple condena en una prisión de baja seguridad en Colorado (EE. UU.), donde accedió a hablar por primera vez sobre el funcionamiento de las mayores bandas criminales digitales del planeta.
Con carisma, sonrisa desarmante y una historia que parece sacada de una película, Tank narra su ascenso desde los foros de videojuegos hasta la élite del cibercrimen mundial.
“Soy un tipo simpático, hago amigos fácilmente”, dice con una mezcla de orgullo y sarcasmo.
El ascenso del hacker más carismático del mundo
Durante más de una década, Tank fue uno de los nombres más buscados por el FBI.
Lideró dos de las redes más poderosas del cibercrimen global: primero Jabber Zeus, dedicada al robo de millones de dólares de cuentas bancarias, y luego IcedID, un grupo de ransomware responsable de infectar más de 150.000 computadoras en todo el mundo.
Penchukov no se destacaba solo por su capacidad técnica, sino por su habilidad para construir redes de contactos y manipular personas.
Durante los años 2000, mientras las fuerzas de seguridad apenas comenzaban a comprender la magnitud del cibercrimen, él y su grupo robaron millones a pequeñas empresas, ayuntamientos e incluso organizaciones benéficas.
Tan solo en el Reino Unido, Jabber Zeus dejó más de 600 víctimas y pérdidas superiores a US$5 millones en apenas tres meses.
De DJ en Donetsk a fugitivo global
Antes de ser arrestado, Penchukov vivía una doble vida: durante el día lideraba operaciones cibernéticas desde una oficina en Donetsk (Ucrania); por las noches, se presentaba como DJ Slava Rich en discotecas locales.
Ganaba tanto dinero que llegó a tener seis autos de lujo alemanes. Pero su suerte cambió cuando el FBI interceptó los chats del grupo Jabber Zeus y descubrió su verdadera identidad gracias a una pista: los mensajes sobre el nacimiento de su hija.
Cuando intentaron detenerlo, escapó en un Audi S8 con motor Lamborghini.
“Me salté el semáforo en rojo y los dejé atrás fácilmente. Fue la única vez que probé toda la potencia de mi auto”, recuerda entre risas.
Durante años, logró evadir a las autoridades gracias a contactos influyentes y a la falta de cooperación internacional. Pero en 2022, una operación sorpresa en Suiza finalmente logró capturarlo.
“Había francotiradores en los techos. Me tiraron al suelo y me esposaron frente a mis hijos”, relata. “Fue humillante.”
El auge del ransomware y la nueva era del crimen digital
Tras una etapa de aparente retiro, Penchukov volvió al delito en 2018, atraído por el ransomware, un método que bloquea sistemas informáticos hasta que las víctimas pagan un rescate.
Asegura que, con estas nuevas técnicas, las ganancias superaban los US$200.000 mensuales.
“El ransomware era más laborioso, pero más rentable. La ciberseguridad había mejorado, pero nosotros también”, confiesa.
Su grupo, IcedID, estuvo vinculado a ataques devastadores, incluido el Centro Médico de la Universidad de Vermont (EE. UU.), que perdió US$30 millones y permaneció inoperante durante semanas.
El hacker afirma que no pensaba en las víctimas y muestra escaso remordimiento:
“Las empresas occidentales podían pagar. Todo lo cubría el seguro”, dice con frialdad.
Sin embargo, su relato revela cómo el ecosistema criminal digital se entrelaza con la geopolítica, admitiendo vínculos entre hackers rusos y agencias de inteligencia.
“Por supuesto que algunos trabajan con el FSB”, responde sin titubear al ser consultado.
Traición, paranoia y caída
Tank asegura que su mayor error fue confiar en otros hackers.
“En el cibercrimen no se puede tener amigos. Mañana los arrestan y se convierten en informantes”, reflexiona.
Esa paranoia, dice, es parte del precio de la vida criminal.
Su captura marcó el final de una era, pero también expuso la red internacional de bandas como Evil Corp, Maze y Conti, responsables de algunos de los mayores ataques digitales de la historia reciente.
Penchukov cumple dos condenas simultáneas de nueve años y debe pagar US$54 millones en indemnizaciones.
Mientras estudia idiomas en prisión y obtiene diplomas, espera salir antes de tiempo.
“No soy tan inteligente —bromea—, por eso estoy aquí.”
Víctimas que aún sufren
Detrás de los titulares y los millones, hay víctimas reales.
Lieber’s Luggage, una pequeña tienda familiar en Nuevo México (EE. UU.), perdió US$12.000 tras un ataque de Jabber Zeus.
“Fue devastador. Era el dinero para pagar a nuestros empleados y el alquiler”, cuenta Leslee Lieber, su propietaria.
Décadas después, el daño emocional sigue presente:
“No hay nada que decirle a alguien así. No tiene corazón”, afirma.
Un legado de advertencia
Hoy, el nombre “Tank” resuena en foros de hackers y en clases de ciberseguridad como símbolo de cómo el talento puede perderse en la codicia.
Aunque intenta mostrarse reformado, su historia revela el lado oscuro de una industria del crimen digital que mueve miles de millones al año y amenaza infraestructuras críticas en todo el mundo.
“Si te dedicas al cibercrimen por mucho tiempo, pierdes tu agudeza”, concluye con nostalgia.
Desde su celda en Englewood, Tank mira hacia las Montañas Rocosas.
Quizá medite sobre sus errores. O quizá, como muchos sospechan, sueñe con volver a conectarse.
Fuente original: BBC News – “’Tank’, one of the world’s most wanted hackers, reveals from prison how major cybercrime gangs operate.”
