Así es una noche en uno de los albergues en Montería: cuando sobrevivir se vuelve rutina en el caos

La noche cayó sobre Montería, pero en los albergues no existe el descanso pleno. Para las más de 20 mil familias afectadas por las graves inundaciones en Córdoba, dormir se ha convertido en un lujo lejano y sobrevivir en una rutina marcada por el calor, el ruido constante y la incertidumbre de no saber cuándo podrán regresar a casa.

En el coliseo Miguel Happy Lora, uno de los principales puntos de refugio habilitados por las autoridades, cerca de mil personas intentan acomodarse como pueden. Colchonetas alineadas una tras otra, ventiladores insuficientes para mitigar el sofocante clima del Caribe, niños llorando en la madrugada y adultos con la mirada perdida componen una escena que se repite noche tras noche.

Afuera, la ciudad se mueve entre la solidaridad y el reclamo. Camiones con ayudas humanitarias llegan con mercados, agua potable y elementos de aseo, mientras ciudadanos exigen respuestas a las autoridades por la magnitud de la emergencia. Adentro, en cambio, el tiempo parece suspendido.

El calor, el ruido y la incertidumbre

Cuando el reloj marca las diez de la noche, el bullicio apenas comienza a disminuir. Las familias organizan sus espacios improvisados con sábanas colgadas para ganar algo de privacidad. El calor es intenso y la incomodidad para hacer sus necesidades es una de las principales dificultades. Las filas para los baños son largas y la ropa sucia comienza a acumularse en bolsas plásticas.

Los adultos apenas logran conciliar el sueño. La mente no descansa. Piensan en sus viviendas cubiertas por el agua, en los electrodomésticos dañados, en los documentos que quizás se perdieron y en los recuerdos que difícilmente podrán recuperar. Los niños, en cambio, viven el momento. Juegan entre colchonetas, corren por los pasillos del coliseo y preguntan cuándo volverán a casa.

“Se me hundió todo”

Yailin Ibarra es una de las madres que pasa las noches en este albergue. Llegó con sus dos hijos pequeños y solo pudo rescatar los documentos de identidad. Nada más.

“Yo estaba haciendo el desayuno cuando el agua se empezó a meter. La verdad, pensé que no iba a subir tanto, pero subió demasiado y se me metió completamente. Mi apartamento es como un huequito, está más bajo, y ahí se me hundió todo. Se me dañaron todas las cosas”, relató con los ojos llenos de lágrimas.

No hubo tiempo para salvar ropa, electrodomésticos ni muebles. En cuestión de minutos, el agua arrasó con lo que había construido con esfuerzo. Ahora duerme en una colchoneta junto a sus hijos, agradecida por la ayuda recibida, pero con el corazón puesto en su vivienda en el barrio Las Palmas, en el margen izquierdo de Montería.

“Desde que llegué aquí hemos recibido ayuda. Tenemos desayuno, almuerzo y cena. También nos han dado pañales, toallitas húmedas, colchonetas, sábanas… todo”, explicó. Sin embargo, la incertidumbre pesa más que el cansancio. “No he podido ir a la casa. El agua no ha bajado y no puedo regresar porque tengo dos niños pequeños. Es muy triste”, añadió.

“Estamos vivos de milagro”

A pocos metros, David Reyes, vendedor informal, repite una frase que resume la tragedia: está vivo de milagro. El agua le llegó a los hombros y apenas tuvo tiempo de salir con su familia.

“Llegamos desde el viernes en la noche y ya llevamos cinco o seis noches aquí. La situación es bastante compleja”, afirmó mientras intenta acomodar una sábana sobre la colchoneta donde duerme con los suyos.

Recuerda que la creciente fue anunciada, pero nadie imaginó su magnitud. “Uno piensa que es algo normal, que no va a causar una tragedia. Lamentablemente, el agua se nos vino encima y quedamos completamente inundados”, contó.

En medio del caos, solo hubo tiempo para salvar la vida. “Uno no tiene oportunidad de coger nada. Lo primero que piensa es en la familia, en los niños. Salimos con lo que teníamos puesto”, dijo.

A la tragedia se suma el temor por la seguridad. Muchos damnificados no han podido regresar a verificar el estado de sus viviendas debido a restricciones y riesgos. “No sabemos si quedó algo. Y con la situación que vive el país, también tememos que lo poco que quedó tome otro rumbo”, añadió.

Sobrevivir mientras la ciudad intenta levantarse

Las noches en los albergues de Montería reflejan el rostro más humano de la emergencia por las inundaciones en Córdoba. Son historias de pérdida, pero también de resistencia. Voluntarios, funcionarios y ciudadanos solidarios trabajan para garantizar alimentación y atención básica, mientras las autoridades avanzan en censos y planes de ayuda.

Sin embargo, el desafío va más allá de entregar mercados o colchonetas. La verdadera preocupación es el futuro: la reconstrucción de viviendas, la recuperación de empleos y el regreso a la normalidad.

En el coliseo, pasada la medianoche, el murmullo disminuye. Algunos logran dormir pese al calor y al ruido. Otros permanecen despiertos, mirando el techo, imaginando el momento en que puedan volver a cruzar la puerta de sus casas.

En Montería, la noche ya no es sinónimo de descanso. Es el recordatorio constante de que miles de familias lo perdieron todo, pero también de que, incluso en medio del caos, la esperanza se niega a desaparecer.

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