El mito de la fuerza de voluntad para bajar de peso

Durante años, la idea de que adelgazar depende únicamente de la fuerza de voluntad ha dominado el debate público. Frases como “solo come menos” o “es cuestión de autocontrol” siguen repitiéndose tanto en conversaciones cotidianas como en entornos médicos. Sin embargo, la ciencia muestra que la obesidad es una enfermedad compleja, determinada por factores biológicos, genéticos y ambientales.

Un estudio publicado en la revista médica The Lancet, realizado en Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos, reveló que ocho de cada diez personas creen que la obesidad puede prevenirse solo con cambios en el estilo de vida. Para muchos especialistas, esta percepción simplifica en exceso una realidad mucho más profunda.

No es falta de disciplina: es biología

Bini Suresh, dietista con más de 20 años de experiencia, asegura que esta creencia es una de las más dañinas.
“Veo pacientes muy motivados, con conocimientos y constancia, que aun así luchan con su peso”, explica.

La profesora Sadaf Farooqi, endocrinóloga especializada en obesidad severa, afirma que los genes influyen de forma decisiva en el aumento de peso. Algunos afectan los mecanismos cerebrales que regulan el hambre y la saciedad, haciendo que ciertas personas sientan más apetito y menos satisfacción al comer.

Uno de los más estudiados es el gen MC4R, cuya mutación está presente en cerca del 20 % de la población mundial y se asocia con mayor tendencia a comer en exceso. Otros genes influyen en el metabolismo, haciendo que algunas personas quemen menos calorías aun con el mismo nivel de actividad física.

El “peso ideal” y el efecto rebote

El cirujano bariátrico Andrew Jenkinson explica que el cuerpo funciona como un termostato. Según la teoría del peso ideal, el cerebro intenta mantener un rango de peso determinado por la genética, el entorno alimentario, el estrés y el sueño.

Cuando una persona pierde peso rápidamente, el cuerpo interpreta esa pérdida como una amenaza y responde aumentando el hambre y reduciendo el metabolismo, lo que explica el fenómeno de la dieta yo-yo.

Este proceso está mediado por la leptina, una hormona que informa al cerebro cuánta grasa almacena el cuerpo. En muchos casos, esta señal se altera —especialmente en entornos con dietas ultraprocesadas— y el cerebro pierde la capacidad de regular correctamente el apetito.

La buena noticia, según los expertos, es que este “punto de ajuste” sí puede modificarse, pero solo mediante cambios sostenidos y a largo plazo, no con dietas extremas ni fuerza de voluntad aislada.

Un entorno que favorece la obesidad

El aumento global de la obesidad no se explica por un cambio genético, sino por un entorno obesógeno: alimentos ultraprocesados baratos, publicidad agresiva, porciones más grandes y menos oportunidades de actividad física.

La directora de Salud Pública de Newcastle, Alice Wiseman, señala que la comida está omnipresente en el entorno urbano.
“Es imposible ir al trabajo o a la escuela sin pasar por locales de comida”, afirma.

Además, informes recientes muestran que los alimentos saludables pueden costar más del doble por caloría que los menos saludables, lo que dificulta elecciones sanas en hogares con menos recursos.

¿Responsabilidad personal o problema de salud pública?

El debate sigue abierto. Algunos expertos consideran que minimizar la fuerza de voluntad puede llevar a la resignación. Otros advierten que culpar al individuo es injusto y contraproducente.

Para Suresh, el consenso científico es claro:
“La obesidad no es un defecto de carácter. Es una enfermedad crónica moldeada por la biología y un entorno que favorece el consumo excesivo”.

Comprender esta realidad, coinciden los especialistas, permite pasar del juicio moral a un enfoque compasivo y basado en evidencia, que ofrezca mejores resultados a largo plazo.

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