En una tranquila casa junto al agua en Lakeland, Florida, Marven celebra su cumpleaños número 16 rodeado de las dos mujeres que más añora: su hermana Rochelle y su madre biológica, Guerline. Tras permanecer separados durante una década, el reencuentro familiar parecía marcar el inicio de una nueva vida. Sin embargo, ese sueño podría desmoronarse debido a los recientes cambios migratorios impulsados por la administración del presidente Donald Trump.

El festejo también reúne a Stacey Nageli Angulo, quien adoptó a Marven en Haití cuando él tenía apenas 3 años, tras el devastador terremoto de 2010. Stacey no solo le brindó un nuevo hogar, sino que años después ayudó a Guerline y Rochelle a ingresar legalmente a Estados Unidos bajo el programa Estatus de Protección Temporal (TPS), tras el incremento de la violencia de pandillas en Haití.

Una protección que está por expirar

Guerline y Rochelle –cuyos nombres han sido modificados para proteger su seguridad– viven y trabajan legalmente en Estados Unidos gracias al TPS, un programa creado para brindar refugio a ciudadanos de países afectados por conflictos armados o desastres naturales. Sin embargo, esta protección para unos 350.000 haitianos expirará en febrero, dejando a miles en riesgo de deportación.

Rochelle, de 21 años, intenta sonreír mientras Marven sopla sus velas, pero la preocupación de Guerline es evidente: ambas podrían ser obligadas a regresar a un país al borde del colapso.

Una familia que luchó por reencontrarse

Tras el terremoto, Guerline vivió en Puerto Príncipe en condiciones extremas, intentando sostener a su familia. Entregar a Marven en adopción fue, según relata, una decisión devastadora, pero necesaria para darle una oportunidad de vida.

Stacey, quien crió al niño al lado de sus dos hijos biológicos, siguió de cerca la crisis en Haití y, cuando se abrió un programa humanitario en 2023, gestionó inmediatamente el ingreso de Rochelle y Guerline a EE.UU. En cuestión de semanas, ambas aterrizaron en Florida.

Ahora viven de forma independiente: Guerline trabaja en un hotel y Rochelle divide su tiempo entre un supermercado y una guardería, mientras sueña con convertirse en enfermera. Marven suele quedarse con ellas, disfrutando de la comida haitiana de su madre. «Mi vida se siente más completa», afirma.

El temor a regresar a la violencia

Para Rochelle y Guerline, la posibilidad de volver a Haití es aterradora. La ONU estima que la violencia de pandillas ha desplazado a una décima parte de la población. Secuestros, asesinatos, violaciones y ataques armados se han vuelto parte de la vida cotidiana.

Rochelle recuerda cómo temía caminar a la escuela: «He visto a chicas como yo ser secuestradas. A veces piden rescate, pero nunca regresan». Con frecuencia recibe videos de amigos en Haití que muestran tiroteos, cuerpos calcinados y escenas de terror. «Allá no puedes salir. Nunca estás a salvo», lamenta.

Una postura política que divide

A pesar de haber apoyado a Donald Trump en las últimas tres elecciones, Stacey se muestra devastada ante la posibilidad de perder a Guerline y Rochelle.

“¿Queremos fronteras seguras? Sí. ¿Queremos deportar criminales? Por supuesto. Pero separar familias como la nuestra y enviarlas a un país en guerra… es inhumano”, afirma.

El gobierno estadounidense sostiene que las condiciones ambientales en Haití han mejorado y que sus ciudadanos pueden regresar de forma segura, aunque simultáneamente desaconseja que los estadounidenses viajen allí debido al riesgo extremo de secuestros y violencia.

Abogados especializados en inmigración advierten que pocos beneficiarios del TPS lograrán una alternativa legal y que miles podrían verse obligados a vivir en la clandestinidad.

Un país dividido, familias en riesgo

En Florida, uno de los bastiones republicanos, algunos votantes conservadores comparten la preocupación por el impacto humano de estas medidas. Otros, como Sam Romain, presidente de los republicanos del Condado de Polk, afirman que “el programa era temporal y todos lo sabían”, defendiendo el cumplimiento estricto de la ley.

Sin embargo, para familias como la de Marven, el debate político tiene consecuencias devastadoras.
«Nos dijeron que Estados Unidos era la tierra de la libertad y la seguridad», dice Rochelle. «Ahora no sé dónde pertenecemos».

Marven, con la voz quebrada, resume el temor de todos: “Quiero mucho a mi hermana. No sé qué haría si algo le pasara”.

En unos meses, la fotografía familiar que hoy muestra a madre, hijo e hija unidos podría sufrir un nuevo vacío.

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