El testimonio de Tatiana Murillo, conocida como la “Barbie Colombiana”, volvió a generar conversación nacional tras relatar cómo el bullying que sufrió desde niña influyó profundamente en su vida personal, su relación con la imagen física y las decisiones estéticas que tomó con el paso de los años.
Durante una conversación con la periodista María Elvira Arango, en el videopodcast En aguas profundas, Murillo habló sobre sus orígenes en Caicedo, Antioquia, y los desafíos que vivió en su infancia, marcados por la pobreza y la discriminación.
Según contó, aunque toda su comunidad compartía una identidad campesina, su familia era señalada por su bajo nivel económico:
“Sufrí bullying en el colegio, no tanto por los niños, más bien por los adultos. Mis momentos más crueles en la escuela fueron por el estatus económico de mi papá, que era un campesino, pero paradójicamente todos son campesinos en mi pueblo”, recordó.
La discriminación también se centró en su apariencia: “Por el color de piel y la nariz”. Esa presión acumulada la llevó a abandonar la escuela en séptimo grado. Poco después trabajó como locutora local, aunque perdió el empleo. A los 16 años, un embarazo inesperado derivó en su expulsión del hogar, obligándola a trasladarse a Medellín para comenzar una nueva etapa.
En la capital antioqueña inició estudios de periodismo y radio, pero decidió dedicarse al cuidado de su hija Sofía. Más tarde creó una empresa de eventos, aunque enfrentó discriminación al intentar cerrar negocios: “Ellos no hacían negocios con mujeres”, relató.
Con los ingresos de su primer evento decidió someterse a una rinoplastia. De los cuatro millones de pesos que ganó, destinó 3,5 millones al procedimiento: “Para mí era la nariz y ya. Eso era lo que no me gustaba de mi rostro”. Sin embargo, esa primera intervención no fue exitosa, lo que la llevó a continuar con una serie de cirugías que hoy superan las 35.
Murillo detalló cómo cada procedimiento cambiaba la forma en que era tratada:
“A medida que me iba haciendo una cirugía, la gente me veía con más respeto. Con cada cambio físico me tomaban más en serio”.
Entre las intervenciones se encuentran varias rinoplastias, bichectomía, cirugía de párpados, levantamiento de cejas, liposucción de papada, dos aumentos mamarios, múltiples lipoesculturas y lipotransferencias. El blanqueamiento cutáneo, confesó, fue el más radical: “Mi piel era lo que más me costaba aceptar en mi vida”.
Recientemente también se sometió a una vaginoplastia, procedimiento que describió como “la cirugía más dolorosa” de todas las que ha tenido.
A pesar de los cambios físicos, Murillo reconoce que su búsqueda está ligada al amor propio, pero también a un problema emocional que actualmente está tratando con profesionales:
“Estoy tratándome con terapia porque obviamente hay un problema de dismorfia corporal. Sí es un problema que me puede costar la vida, pero al sol de hoy me encanta lo que veo en el espejo”.
Uno de los episodios más controvertidos de su historia es la rinoplastia que autorizó para su hija, quien tenía 12 años en ese momento. Según Murillo, la decisión respondió a razones médicas, y defendió que, además de corregir lo funcional, también se mejoró lo estético: “Su cirugía de nariz la necesitaba. No le vi problema en arreglar algo funcional y estético a la vez, pero una lipo a esa edad no”.
Afirmó que su hija ha solicitado nuevos procedimientos, pero que, con 16 años, ha rechazado cualquier otra intervención:
“Ella me ha pedido más cirugías, pero yo le he dicho que no”.
La historia de Murillo refleja el impacto que puede tener el bullying en el desarrollo emocional y en la percepción del cuerpo, así como los desafíos sociales que enfrentan quienes provienen de entornos rurales y vulnerables.
